lunes, 20 de marzo de 2017

Reformulando

Desde niña he tenido problemas gastrointestinales. Siempre enferma, por una u otra cosa. Nunca he dejado que eso me desanime; soporto las bromas sobre mi salud como quien mira el cielo todas las mañanas. Estoy acostumbrada, pero no significa que no duela.

Hace unos años, el 2014, me propuse bajar de peso para ir a un viaje culinario fuera de mi país, sin cargo de conciencia. El plan era simple: bajar de peso para subir sin remordimientos.

Logré mi objetivo, no me costó nada. Tengo una voluntad de oro (otro atributo). Pero descubrí algo interesante, durante el tiempo que duró esa dieta no tuve problemas gastrointestinales (ni si quiera dolor). Intrigante, ¿verdad?

Cuando reinicie paulatinamente la alimentación habitual, nuevamente aparecieron los terribles dolores, las idas urgentes al baño, el reflujo y el hambre constante. ¡Primer Horror!

No pasó mucho tiempo para que descubriéramos que el trigo era el problema. Así que hice lo que cualquier mortal hace sobre la tierra cuando algo le hace mal. Dejé de comerlo.

Por un tiempo (años) todo anduvo excelente. De vez en cuando me venían ataques nuevamente, pero tolerable.

El año pasado cambie de trabajo, a uno un millón de veces más estresante, algo que no supe hasta que ya estaba firmado el contrato. ¡Segundo Horror! Porque los problemas estomacales aparecieron con más intensidad, al punto de que tuve que consultar a Servicios de Urgencias en más de una ocasión.

¿Que me pasa?

Aparentemente no tengo enfermedad celiaca, pero puede que si una intolerancia severa al gluten (aunque me falta el examen genético). Como sea también sospechan de una intolerancia a los hidratos de carbono.

¿¡Que?!

Si. Eso mismo. Básicamente mi sistema digestivo no procesa nada que fermente. (Sonrisa nerviosa) La forma de probarlo es experimentado conmigo por 10 días una dieta restrictiva de esos alimentos (que no son pocos).

¿Lo positivo?

Llevo dos días de dieta y nada de dolor. Interesante.

No hay comentarios:

Publicar un comentario